LA
NIEVE DENTRO.
Josu
Monterroso.
Tino lo tiene tan claro que ni
siquiera pestañea, aunque puede que le ponga ganas porque tiene los pies
helados y, a lo lejos, tras los picos de las montañas, los relámpagos azulan la
nieve “¡Tenemos que regresar! ¡Por lo
menos llegar hasta el establo!”, nos grita al darse media vuelta y comenzar
a andar, como si no tuviese que esperarnos ni cuidarnos ni nada de nada. Más
allá del establo, la columna de humo se deshace nada más salir de la chimenea,
aguzo la vista y ni rastro de la sombra de mamá tras el cristal. Me entran
ganas de patear el trasero de Tino, porque estas cosas mamá nunca las ve al
proclamarle el dueño y señor de los tres “Eres
el mayor y el más responsable; cuida de tus hermanos”.
Pero Martina y yo no le hacemos caso. Estamos fascinadas
con la criatura que parece uno de los gusanos de seda dibujados en el libro de
cuentos del bebé. “Me da repelús”, y
seguido grito un aaaggghhh asqueroso
que apenas se escucha por culpa de los truenos. Martina lo sostiene entre sus
manos y el bicho cambia de color, sus patas se tornan carmesí y blandas, antes eran grisáceas, arañaban la piel, tan duras como el hielo, el mismo
hielo que tuvo que rasgar para salir de su escondite. Martina siempre fue la menos
escrupulosa de los cuatro y eso que el bebé se lleva todo a la boca y lo
chupetea e incluso lo comparte con el perro. Es asqueroso verlo pero hay que
perdonarle porque sólo es un bebé, bebé
incordio, como dice Tino.
“¡Si tú
eres el mayor ve tú!”, le chillo al cerrar la pesada puerta y las vacas ni se
inmutan, Tino finge no temer las tormentas ni a mis gritos; es el perro el que
retrocede al soltar un ladrido que revoluciona a las tórtolas. Las plumas
planean hasta los tablones del suelo, parece que nevase en el interior del establo.
Pero no, claro, para esas cosas no, para esas cosas Tino no es valiente ni el amo
y señor de los tres. Le pongo al bebé en sus brazos y para chincharle saco la
lengua en una mueca fea, como de monstruo, como la cara fea del gusano que
encontró Martina y que mece como hipnotizada, en un rincón oscuro, pegada a las
pajareras de mamá. Así que en mitad del temporal, hundiéndome en la nieve hasta
la cintura y rodeadita de truenos y relámpagos, tengo que ir en busca de papá
para que nos rescate.
Mamá se pone que trina “Cálmate, mujer, es por el bebé, aún es pequeño para estos
vientos”. Pero eso son tonterías, al bebé le podíamos haber abrigado y
punto, es Tino el miedica y papá lo sabe; por eso sonríe al mentir.
Insisto en acompañarle “¡Para ayudarte con el bebé!”, le suplico
y cuela; con papá siempre cuela si se lo repites tres veces seguidas. Nos
extraña que la puerta del establo esté cerrada y que ni Tino, con el bebé en
brazos, ni Martina, con su apestoso bicho, o el perro y su cola de péndulo, no nos estén esperando
emocionados, pero ninguno de los dos decimos nada y damos un paso hacia la
oscuridad, el viento se cuela y hace que los copos de nieve se
adentren en el establo. Cerramos la puerta mientras me pregunto si lo que he
tenido ha sido un escalofrío o un presentimiento.
No escuchamos nada, el silencio es extraño en mitad
de una tormenta, está como muerto, y seco. Decimos sus nombres y nada. Gritamos
sus nombres y nada. Susurramos sus nombres y nada. La nada. Siento la nieve cayendo
sobre mis pestañas, me hace parpadear. En la penumbra papá busca el
interruptor y enciende la luz. El establo está vacío. No hay vacas, ni
tórtolas, ni pájaros. No está el perro ni Tino con el bebé ni… “¡Sí! ¡Martina!” Grito al señalarla en su
rincón, agazapada tras una pira de leños. Como hipnotizado por el vacío del
lugar, papá se apresura hacia ella pero le detengo al recordar sus sermones y
monsergas, “que si os coge el temporal corráis
hasta el establo y esperéis, que allí estaréis a salvo, protegidos de la nieve,
calentitos por los animales, que si las tormentas se dan fuera y no dentro”.
Reglas básicas de supervivencia cuando se vive a docenas de kilómetros del
pueblo y el invierno engulle los caminos y te aísla del resto del mundo. Pero
la nieve… la siento en mis párpados, la veo caer… la nieve está dentro.
Nieva sobre nosotros. Saco la lengua y cazo un copo.
Detrás de la pira Martina se mueve con
parsimonia, se apoya en una de las pajareras y nos mira con su cara de bicho.
- No vayas, papá. No es nieve, es
ceniza.
